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Expertos en IA del CEIICH abordan el concepto de red desde una mirada interdisciplinaria en Festival El Aleph

¿Qué tienen en común una neurona, una computadora y una emoción? Todas pueden pensarse como parte de una red. Esta fue la premisa central del conversatorio Ser red o no ser, organizado por el CEIICH en el marco de El Aleph. Festival de Arte y Ciencia 2025, donde se abordaron las redes como modelos para entender la realidad: desde el cerebro y las tecnologías hasta el deseo, el aprendizaje y la salud mental.

Siguiendo la temática de la edición de este año del festival -las redes-, la secretaria de Desarrollo Institucional de la UNAM, Tamara Martínez Ruiz, sostuvo durante la inauguración del festival que las redes “no sólo son estructuras funcionales, sino tejidos de sentido”.

Así, la mesa organizada por el CEIICH en El Aleph propuso un diálogo interdisciplinario sobre cómo las redes, tanto cerebrales como sintéticas, tejen la realidad: engendran arte, producen salud, desatan emociones y construyen conocimiento en un mundo tecnológico.

La discusión fue protagonizada por los investigadores del CEIICH Ximena Gutiérrez Vasques, investigadora y doctora en Ciencias de la Computación; Víctor Mireles Chávez, investigador y doctor en Ciencias; y Juan Pablo Duque, investigador y doctor en Ciencias Políticas y Sociales. Desde diferentes campos de conocimiento, presentaron diversas lentes posibles al mirar la temática y el concepto de redes. Pero, al final ¿qué son las redes?

Para diseñar esta definición, Víctor Mireles citó a John Donne: “ninguna persona es una isla”. Esto podría parecer una descripción genérica, advirtió Víctor Mireles, pero lo esencial de las redes es su énfasis en las relaciones: “Las redes son una forma de modelar el universo, o una parte de él, como un conjunto de cosas que interactúan entre sí”. De ahí que para comprender cualquier entidad —una persona, una empresa, una célula— sea necesario observar con quién y cómo se relaciona. En este sentido, las redes se configuran como un mapa dinámico de nodos conectados por aristas que representan vínculos, flujos, tensiones y colaboraciones.

Desde el enfoque computacional, Ximena Gutiérrez ofreció una mirada técnica y precisa sobre las redes neuronales artificiales. “Podemos aprovechar una red neuronal como instrumento para calcular probabilidades”, explicó, y puso sobre la mesa el reciente Premio Nobel de Física 2024 otorgado a John J. Hopfield y Geoffrey Hinton por su trabajo en redes neuronales. Estos sistemas, dijo, funcionan procesando entradas que se transforman y adaptan a través de capas interconectadas hasta generar una salida. Lo notable es su capacidad de aprender, de modificar sus pesos internos a partir de la experiencia: “tienen que adaptarse a los ejemplos para poder hacer predicciones”. Una metáfora de la adaptabilidad que define también a las redes humanas.

Fue justamente desde lo humano que Juan Pablo Duque desplegó una intervención profundamente conceptual y política. Partiendo de la pregunta “¿hay algo que no esté en red?”, propuso que la condición humana está siempre orientada al Otro, es decir, a la relación. Su lectura estuvo atravesada por la idea de plasticidad, entendida desde Katherine Malabou como la capacidad de recibir, dar y romper forma. Así, planteó tres nociones fundamentales que se entienden mejor si se piensan en red: el deseo, el aprendizaje y la salud mental.

El deseo, para Deleuze, no es una carencia sino una red vital, un rizoma que se expande y conecta. “No deseamos objetos, deseamos relaciones”, dijo Duque, comparándolo con una telaraña. En el caso del aprendizaje, evocó a Piaget, Vygotsky y Hebb para mostrar cómo todo proceso de conocer depende de vínculos —cognitivos, emocionales, neuronales— que estructuran el mundo. Y finalmente, al hablar de salud mental, criticó las visiones estáticas del bienestar psicológico: “si pensamos la salud mental como red, veremos que se produce en las relaciones”. El aislamiento, en cambio, sería su ruptura. “Una persona con depresión severa es una persona sin nodos”, concluyó.

A lo largo de la mesa, los participantes no sólo desplegaron definiciones y aproximaciones, sino que propusieron un ejercicio activo de pensamiento: mirar nuestras formas de conocer, sentir, aprender y vivir como redes complejas en constante transformación.

“Ser red o no ser” dejó así una pregunta abierta, tan filosófica como urgente: en un mundo donde todo parece interconectado, ¿qué nuevas formas de red —humanas, tecnológicas, simbólicas— estamos dispuestos a imaginar?

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